Aarón e Itzel salieron hacia el frío viento del invierno. Era un día nublado y gris, y de puro milagro no había llovido. Dentro del salón de fiestas, estaba toda la familia de ella, celebrando por sus quince años. Itzel era una muchacha alta, con el cabello negro, largo y rizado. Su vestido se abrazaba a su cuerpo como un guante y caía con gracia hasta tocar el suelo de terracería del rancho. Aarón era novio de Itzel desde hacía un mes, cuando la conoció en un puesto de tortas que él atendía, pero existía un detalle: había diecinueve años de diferencia entre ellos, lo que quería decir que mientras Itzel aprendía a caminar, Aarón experimentaba con mujeres, y ya había tenido su primera borrachera. Aún así, la edad, no era ningún problema para ellos.
-Te ves bien bonita- le dijo mientras le daba una flor.
-Gracias, no debiste haber venido.- le contestó tímidamente la chica.
-¿Por qué no? Quería verte. Definitivamente tienes que guardar este vestido, quiero frotarte las costillas mientras lo traes puesto y después tocar tu…
19 de octubre de 2011
27 de septiembre de 2011
Crónicas del fin del mundo: La espera.
El día que me morí era un día como cualquier otro. La alarma ruidosa del reloj color rojo sobre la mesita me despertó, como todos los días. El dulce olor de los hot cakes me llamaba a la mesa, pero me tenía que ir. Un cálido beso de mi madre fue el último que recibí, aunque en ese momento, yo no lo sabía. El momento me pasó de largo, y corrí a la escuela.
Vi a la chica que me gustaba, platicamos un poco sobre la catastrófica fecha, no solo porque era el fin del mundo sino porque había examen final. Yo, la verdad no creía mucho en eso del fin del mundo, pero donde me encuentro ahora todo es frío y lúgubre por eso pienso que el mundo no terminó. Al menos, tendría compañía, creo yo.
Vi a la chica que me gustaba, platicamos un poco sobre la catastrófica fecha, no solo porque era el fin del mundo sino porque había examen final. Yo, la verdad no creía mucho en eso del fin del mundo, pero donde me encuentro ahora todo es frío y lúgubre por eso pienso que el mundo no terminó. Al menos, tendría compañía, creo yo.
13 de septiembre de 2011
Crónicas del fin del mundo: Heriberto Pt.1
Heriberto Martínez y Martínez, era el heredero de la familia Martínez y Martínez de España. A sus veintidós había comenzado en la firma de abogados de su padre, y hoy diez años después era uno de los abogados más importantes en toda la Ciudad de México. Sus abuelos eran dueños de una compañía de jamones ibéricos, así que cuando supieron que su nieto por fin contraería nupcias enviaron una paleta a todos los conocidos y amigos de la familia a manera de celebración.
La afortunada era Patricia Domínguez, cuyos padres eran dueños de Paladini, otra compañía española de embutidos. El padre de Patricia y el padre de Heriberto habían sido buenos amigos hasta que la vida los separó cuando Martínez tuvo que irse a vivir a México para continuar con la expansión de la compañía. Para que la amistad no se terminara, lo sellaron con un trato: Su hijo y su hija se casarían, perpetuando la amistad y simbolizando una alianza entre dos gigantes comerciales. Heriberto y Patricia de apenas 7 y 5 años de edad en ese entonces, no entendieron bien lo que sucedía cuando sus madres les dijeron "dénse un besito".
La afortunada era Patricia Domínguez, cuyos padres eran dueños de Paladini, otra compañía española de embutidos. El padre de Patricia y el padre de Heriberto habían sido buenos amigos hasta que la vida los separó cuando Martínez tuvo que irse a vivir a México para continuar con la expansión de la compañía. Para que la amistad no se terminara, lo sellaron con un trato: Su hijo y su hija se casarían, perpetuando la amistad y simbolizando una alianza entre dos gigantes comerciales. Heriberto y Patricia de apenas 7 y 5 años de edad en ese entonces, no entendieron bien lo que sucedía cuando sus madres les dijeron "dénse un besito".
4 de septiembre de 2011
Crónicas del fin del mundo: Andrés
Carta escrita por Laura Hernández para su ex-novio Andrés, el 20 de diciembre de 2012 cuando se enteró que él se había casado.
------
Querido Andrés:
Me he enterado hace algunos días, de que te casaste. Eso, ha causado un dolor tan tremebundo en mí,que sentí que me moría un poquito mientras veía tus fotos en Facebook. Yo creí que eso no había sucedido aún, porque no has perdido esa manía tan tuya de ponerte "soltero" en todas las cosas y redes donde te inscribes.
Debo decírtelo: no te vi feliz en tus fotos,ni siquiera un poquito de lo feliz que fuiste conmigo. Ese traje gris acartonado combinado con rojo se veía más que fatal. Pero, ¿qué te puedo decir yo, si la novia era la más horrible de todas? De seguro estaba embarazada, se le salían todas las lonjas del vestido, y esa sonrisa de dientes chuecos delataba algo más que "felicidad". Por el contrario, tu madre y tus hermanas se veían radiantes como siempre. De seguro tu mamá salió tan pensativa en las fotos porque se preguntaba internamente cómo hubieran sido las cosas si te hubieras casado conmigo , estaba muy feliz.
------
Querido Andrés:
Me he enterado hace algunos días, de que te casaste. Eso, ha causado un dolor tan tremebundo en mí,
Debo decírtelo: no te vi feliz en tus fotos,
14 de agosto de 2011
Crónicas del fin del mundo: Martha
¡No me toques con las manos sucias!-le dijo ella con un tono de asco en la voz.
Alberto se apartó-pero si ya me lavé las manos mujer- le dijo con fastidio.
Él se levantó y se tiró a dormir en el piso, mientras que la mujer se lavaba de nuevo las manos.-Martha, ya te habías lavado. ¿Ahora qué haces? ¡Regresa a la cama! Ya no me voy a dormir contigo -dijo, tratando de convencerla.
Esa fue la última vez que Beto trató de tener sexo con su mujer. Desde la boda, muchas cosas habían cambiado. Antes su esposa era una mujer más feliz. Su belleza y su manera de ser, combinadas, -la convertían en un ángel-, palabras de la mamá de Beto. Martha era rubia, el cabello le caía debajo de los hombros, y tenía una sonrisa que iba perfecto con los almendrados ojos azules. Beto siempre se sintió orgulloso de poder tener a una mujer así.
Ahora todo era diferente. Ella solamente pensaba en la limpieza, y hacía todo lo posible por que su casa no se ensuciara. Usaba ropa de tercipelo para poder frotarse contra las paredes y quitarles el polvo, sus nuevos zapatos eran dos pedazos de tela que servían para lustrar el piso, y su arma de elección era el aerosol antibacterial. Diario, cuando Beto llegaba del trabajo, Martha lo obligaba a lavarse las manos, e incluso muchas veces ella misma lo hacía para asegurarse de que quedara bien limpio. En dos ocasiones ella le había sangrado los nudillos de tanto tallarlo.
Beto estaba cansado, sentado en la barra de un antro, pensando qué podría hacer al respecto. Amaba a Martha pero, quién sabe si había forma de regresarla a la normalidad. Mientras estaba absorto en sus pensamientos, una chica se le acercó. -¿No me invitas un trago?-le dijo una morena de fuego con una sonrisa pícara en el rostro.-Claro, ¿que quieres?-le contestó, tranquilo.
Pasaron las horas. Beto le contó la historia de su esposa loca, y por primera vez sintió que alguien lo comprendía. -Ya sé, mi mamá también estaba loca por la limpieza, hasta nos rociaba insecticida en la cabeza...-Un anuncio los distrajo. En Eslovenia había disturbios porque mañana se iba a acabar el mundo. La gente estaba vendiendo sus propiedades y asaltando tiendas de conveniencia.
-¡Ah! El fin del mundo, otra mentira de nuestro sistema...¿cuántas veces se ha terminado?- dijo ella. Él sonrió.
-No sé, ya van muchas- contestó tímidamente.
-Oye, y si tu esposa está loca, y el mundo se acaba mañana, ¿No te gustaría hacer algo realmente sucio?- le propuso pícaramente.
Pagaron las bebidas y se fueron. Antes de ir al hotel pasaron a un mini súper y compraron miel, chocolate líquido, y crema batida. Llegaron al hotel. Corrieron a la habitación. Ella lo hizo pasar la mejor noche de su vida, pero mientras se le subía encima para embarrar su pecho de chocolate, la rodilla de la mujer apretó la bolsa del pantalón, el celular se marcó al número de su casa y su esposa contestó.
Martha escuchó todo y por más que gritaba nadie le respondía del otro lado. Después de que Beto terminó de lamer la crema batida del cuerpo de su amiga, botó el teléfono. Llorando como histérica, decidió lavar el baño. Abrió la llave del agua caliente, y fue a la bodega por una botella de ácido muriático. Se encerró en el baño junto con dos cepillos, una fibra, y una esponja. Pensó que tal vez si su esposo llegaba a encontrar el baño perfectamente limpio, la volvería a querer. Llenó una cubeta con agua caliente y agregó media botella de ácido. Mientras tallaba el piso se dio cuenta de que sus uñas estaban sucias. Tomó el cepillo con el ácido y se talló, después la cara, los pies, y las piernas. Apenas tuvo que pasar una hora para que la mujer muriera ahogada por los gases del ácido.
Cuando Beto llegó a casa, encontró a la mujer tirada en el piso con la botella de la calaca impresa en la mano. Llamó a urgencias, pero era demasiado tarde. La mujer fue enterrada al siguiente día. Beto se casó con la morena de fuego una semana después, y nunca extraña a Martha por las noches.
Alberto se apartó-pero si ya me lavé las manos mujer- le dijo con fastidio.
Él se levantó y se tiró a dormir en el piso, mientras que la mujer se lavaba de nuevo las manos.-Martha, ya te habías lavado. ¿Ahora qué haces? ¡Regresa a la cama! Ya no me voy a dormir contigo -dijo, tratando de convencerla.
Esa fue la última vez que Beto trató de tener sexo con su mujer. Desde la boda, muchas cosas habían cambiado. Antes su esposa era una mujer más feliz. Su belleza y su manera de ser, combinadas, -la convertían en un ángel-, palabras de la mamá de Beto. Martha era rubia, el cabello le caía debajo de los hombros, y tenía una sonrisa que iba perfecto con los almendrados ojos azules. Beto siempre se sintió orgulloso de poder tener a una mujer así.
Ahora todo era diferente. Ella solamente pensaba en la limpieza, y hacía todo lo posible por que su casa no se ensuciara. Usaba ropa de tercipelo para poder frotarse contra las paredes y quitarles el polvo, sus nuevos zapatos eran dos pedazos de tela que servían para lustrar el piso, y su arma de elección era el aerosol antibacterial. Diario, cuando Beto llegaba del trabajo, Martha lo obligaba a lavarse las manos, e incluso muchas veces ella misma lo hacía para asegurarse de que quedara bien limpio. En dos ocasiones ella le había sangrado los nudillos de tanto tallarlo.
Beto estaba cansado, sentado en la barra de un antro, pensando qué podría hacer al respecto. Amaba a Martha pero, quién sabe si había forma de regresarla a la normalidad. Mientras estaba absorto en sus pensamientos, una chica se le acercó. -¿No me invitas un trago?-le dijo una morena de fuego con una sonrisa pícara en el rostro.-Claro, ¿que quieres?-le contestó, tranquilo.
Pasaron las horas. Beto le contó la historia de su esposa loca, y por primera vez sintió que alguien lo comprendía. -Ya sé, mi mamá también estaba loca por la limpieza, hasta nos rociaba insecticida en la cabeza...-Un anuncio los distrajo. En Eslovenia había disturbios porque mañana se iba a acabar el mundo. La gente estaba vendiendo sus propiedades y asaltando tiendas de conveniencia.
-¡Ah! El fin del mundo, otra mentira de nuestro sistema...¿cuántas veces se ha terminado?- dijo ella. Él sonrió.
-No sé, ya van muchas- contestó tímidamente.
-Oye, y si tu esposa está loca, y el mundo se acaba mañana, ¿No te gustaría hacer algo realmente sucio?- le propuso pícaramente.
Pagaron las bebidas y se fueron. Antes de ir al hotel pasaron a un mini súper y compraron miel, chocolate líquido, y crema batida. Llegaron al hotel. Corrieron a la habitación. Ella lo hizo pasar la mejor noche de su vida, pero mientras se le subía encima para embarrar su pecho de chocolate, la rodilla de la mujer apretó la bolsa del pantalón, el celular se marcó al número de su casa y su esposa contestó.
Martha escuchó todo y por más que gritaba nadie le respondía del otro lado. Después de que Beto terminó de lamer la crema batida del cuerpo de su amiga, botó el teléfono. Llorando como histérica, decidió lavar el baño. Abrió la llave del agua caliente, y fue a la bodega por una botella de ácido muriático. Se encerró en el baño junto con dos cepillos, una fibra, y una esponja. Pensó que tal vez si su esposo llegaba a encontrar el baño perfectamente limpio, la volvería a querer. Llenó una cubeta con agua caliente y agregó media botella de ácido. Mientras tallaba el piso se dio cuenta de que sus uñas estaban sucias. Tomó el cepillo con el ácido y se talló, después la cara, los pies, y las piernas. Apenas tuvo que pasar una hora para que la mujer muriera ahogada por los gases del ácido.
Cuando Beto llegó a casa, encontró a la mujer tirada en el piso con la botella de la calaca impresa en la mano. Llamó a urgencias, pero era demasiado tarde. La mujer fue enterrada al siguiente día. Beto se casó con la morena de fuego una semana después, y nunca extraña a Martha por las noches.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)