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27 de noviembre de 2014

Recuerdo

Deberíamos poner orquídeas en los pasillos y adornar con velas. Se vería mucho más bonito. Mejor, dejamos los crisantemos pero hay que combinarlos con un color más vivo. ¿Cuál te gusta?

Samuel estaba cansado. Era la octava vez que Mariela, su novia desde hacía un año cambiaba las flores.

-¡Samuel!
-Eh...no lo sé. Las que te gusten está bien.
-Siempre me dices lo mismo. No es posible que no apoyes en nada.
-Sí te apoyo.
-¿Sabes qué? Vamos a olvidar este asunto. Mejor no quiero flores.
-Lo que quieras está bien.
-¿Ves? ¡Me chocas!

Mariela salió corriendo de la pequeña cafeteria. Samuel tomó un último sorbo de café y pagó la cuenta.

-¿Día difícil?- le dijo una voz desde la otra mesa.
-¿Qué? Ah, sí. Ya sabes, los preparativos siempre son difíciles.
-¿Preparativos?
-Mmm...sí. Me voy a casar y la que salió corriendo es mi novia.
-Felicidades.

La voz que escuchaba desde la otra mesa, llevaba por nombre Elisa. Era una mujer alta, con el cabello rojizo y ojos oscuros. Cruzó la pierna sensualmente antes de continuar.

-Alguna vez pensé en casarme pero no era lo mío. ¿Sabes?
-Lo siento mucho.
-¿Por qué seguimos en mesas separadas?
-Jajaja. Lo siento, lo siento. ¿Me puedo unir?

Samuel se levantó hacia la mesa de Elisa. Pensó que era atractiva pero no podía hacer nada al respecto, tenía una novia enojada en casa y una boda que pagar. Esto último le amargaba el pensamiento ya que Mariela quería una boda estilo reyes de Inglaterra, mientras que él estaba contento con sólo hacer una reunión con sus más allegados.

-Entonces, ¿saliste corriendo del altar? -le dice Samuel en un tono coqueto.
-Jajaja. Algo así. No llegué a tanto. Devolví el anillo.
-¿Y ahora qué haces?
-Disfrutar la vida.
-Me gusta escuchar eso.

Elisa y Samuel platicaron durante horas. Ella le contó de cómo compró un boleto para recorrer el mundo. Las cosas que conoció en Vietnam y cómo le sorprendía todo en Japón. El color de las flores en París y la belleza de la arquitectura romana. Los platillos en Venecia y la brisa del mar en Ibiza. Samuel la escuchaba fascinado, pensando que él jamás había conocido ciertos rincones del mundo de los cuales Elisa le hablaba.

Samuel pensó en todas las cosas que Elisa le contó. Se la imaginaba disfrutando su momento en cada lugar. Pensó en la cara enojada de Mariela y entonces se atrevió a besar a Elisa.

El beso fue tierno y suave. Elisa se sentía atraída por Samuel. Intercambiaron números con el fin de volverse a ver.

Eso nunca sucedió, pero Samuel todavía piensa en Elisa en las noches antes de quedarse dormido al lado de Mariela.


16 de noviembre de 2011

El flechazo

Se conocieron en un taxi. Ella trabajaba en Polanco, y él era taxista de sitio en la zona. Era un Jetta negro, con quemacocos, del año. Después de varios minutos arriba de la unidad, la chica estiró las piernas en señal de alivio y él miró discretamente.

-¿Hay mucho tráfico?- preguntó ella.

Ella nunca hablaba con los taxistas, pero notó esa mirada, y la puso nerviosa.

-Ah…sí, no tienes una idea.

Él tenía la piel bronceada, el cabello chino y corto, traía una camisa polo blanca, y tenía ojos redondos y negros. Se podría decir que era apuesto. Un “taxista guapo” como ella lo llamaría.

-Es que es 15 de septiembre, ¿qué me esperaba, no?

-Sí, jajá.

24 de octubre de 2011

El último momento

En aquel último momento, Dalia sostenía su muñeca de la infancia en la mano. Recordó los dulces domingos en la feria, los algodones de azúcar, los helados dobles, el carrusel, la casa de los espejos, las risas de su hermana, la mirada de sus padres. La fiesta de cuando cumplió siete años en la cual le obsequiaron un pony. 

13 de septiembre de 2011

Crónicas del fin del mundo: Heriberto Pt.1

Heriberto Martínez y Martínez, era el heredero de la familia Martínez y Martínez de España. A sus veintidós había comenzado en la firma de abogados de su padre, y hoy diez años después era uno de los abogados más importantes en toda la Ciudad de México. Sus abuelos eran dueños de una compañía de jamones ibéricos, así que cuando supieron que su nieto por fin contraería nupcias enviaron una paleta a todos los conocidos y amigos de la familia a manera de celebración.

La afortunada era Patricia Domínguez, cuyos padres eran dueños de Paladini, otra compañía española de embutidos. El padre de Patricia y el padre de Heriberto habían sido buenos amigos hasta que la vida los separó cuando Martínez tuvo que irse a vivir a México para continuar con la expansión de la compañía. Para que la amistad no se terminara, lo sellaron con un trato: Su hijo y su hija se casarían, perpetuando la amistad y simbolizando una alianza entre dos gigantes comerciales. Heriberto y Patricia de apenas 7 y 5 años de edad en ese entonces, no entendieron bien lo que sucedía cuando sus madres les dijeron "dénse un besito".


4 de septiembre de 2011

Crónicas del fin del mundo: Andrés

Carta escrita por Laura Hernández para su ex-novio Andrés, el 20 de diciembre de 2012 cuando se enteró que él se había casado.
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Querido Andrés:

Me he enterado hace algunos días, de que te casaste. Eso, ha causado un dolor tan tremebundo en mí, que sentí que me moría un poquito mientras veía tus fotos en Facebook. Yo creí que eso no había sucedido aún, porque no has perdido esa manía tan tuya de ponerte "soltero" en todas las cosas y redes donde te inscribes.

Debo decírtelo: no te vi feliz en tus fotos, ni siquiera un poquito de lo feliz que fuiste conmigo. Ese traje gris acartonado combinado con rojo se veía más que fatal. Pero, ¿qué te puedo decir yo, si la novia era la más horrible de todas? De seguro estaba embarazada, se le salían todas las lonjas del vestido, y esa sonrisa de dientes chuecos delataba algo más que "felicidad". Por el contrario, tu madre y tus hermanas se veían radiantes como siempre. De seguro tu mamá salió tan pensativa en las fotos porque se preguntaba internamente cómo hubieran sido las cosas si te hubieras casado conmigo , estaba muy feliz.


14 de agosto de 2011

Crónicas del fin del mundo: Martha

¡No me toques con las manos sucias!-le dijo ella con un tono de asco en la voz.

Alberto se apartó-pero si ya me lavé las manos mujer- le dijo con fastidio.

Él se levantó y se tiró a dormir en el piso, mientras que la mujer se lavaba de nuevo las manos.-Martha, ya te habías lavado. ¿Ahora qué haces? ¡Regresa a la cama! Ya no me voy a dormir contigo -dijo, tratando de convencerla.

Esa fue la última vez que Beto trató de tener sexo con su mujer. Desde la boda, muchas cosas habían cambiado. Antes su esposa era una mujer más feliz. Su belleza y su manera de ser, combinadas, -la convertían en un ángel-, palabras de la mamá de Beto. Martha era rubia, el cabello le caía debajo de los hombros, y tenía una sonrisa que iba perfecto con los almendrados ojos azules. Beto siempre se sintió orgulloso de poder tener a una mujer así.

Ahora todo era diferente. Ella solamente pensaba en la limpieza, y hacía todo lo posible por que su casa no se ensuciara. Usaba ropa de tercipelo para poder frotarse contra las paredes y quitarles el polvo, sus nuevos zapatos eran dos pedazos de tela que servían para lustrar el piso, y su arma de elección era el aerosol antibacterial. Diario, cuando Beto llegaba del trabajo, Martha lo obligaba a lavarse las manos, e incluso muchas veces ella misma lo hacía para asegurarse de que quedara bien limpio. En dos ocasiones ella le había sangrado los nudillos de tanto tallarlo.

Beto estaba cansado, sentado en la barra de un antro, pensando qué podría hacer al respecto. Amaba a Martha pero, quién sabe si había forma de regresarla a la normalidad. Mientras estaba absorto en sus pensamientos, una chica se le acercó. -¿No me invitas un trago?-le dijo una morena de fuego con una sonrisa pícara en el rostro.-Claro, ¿que quieres?-le contestó, tranquilo.

Pasaron las horas. Beto le contó la historia de su esposa loca, y por primera vez sintió que alguien lo comprendía. -Ya sé, mi mamá también estaba loca por la limpieza, hasta nos rociaba insecticida en la cabeza...-Un anuncio los distrajo. En Eslovenia había disturbios porque mañana se iba a acabar el mundo. La gente estaba vendiendo sus propiedades y asaltando tiendas de conveniencia.

-¡Ah! El fin del mundo, otra mentira de nuestro sistema...¿cuántas veces se ha terminado?- dijo ella. Él sonrió.
-No sé, ya van muchas- contestó tímidamente.
-Oye, y si tu esposa está loca, y el mundo se acaba mañana, ¿No te gustaría hacer algo realmente sucio?- le propuso pícaramente.

Pagaron las bebidas y se fueron. Antes de ir al hotel pasaron a un mini súper y compraron miel, chocolate líquido, y crema batida. Llegaron al hotel. Corrieron a la habitación. Ella lo hizo pasar la mejor noche de su vida, pero mientras se le subía encima para embarrar su pecho de chocolate, la rodilla de la mujer apretó la bolsa del pantalón, el celular se marcó al número de su casa y su esposa contestó.

Martha escuchó todo y por más que gritaba nadie le respondía del otro lado. Después de que Beto terminó de lamer la crema batida del cuerpo de su amiga, botó el teléfono. Llorando como histérica, decidió lavar el baño. Abrió la llave del agua caliente, y fue a la bodega por una botella de ácido muriático. Se encerró en el baño junto con dos cepillos, una fibra, y una esponja. Pensó que tal vez si su esposo llegaba a encontrar el baño perfectamente limpio, la volvería a querer. Llenó una cubeta con agua caliente y agregó media botella de ácido. Mientras tallaba el piso se dio cuenta de que sus uñas estaban sucias. Tomó el cepillo con el ácido y se talló, después la cara, los pies, y las piernas. Apenas tuvo que pasar una hora para que la mujer muriera ahogada por los gases del ácido.

Cuando Beto llegó a casa, encontró a la mujer tirada en el piso con la botella de la calaca impresa en la mano. Llamó a urgencias, pero era demasiado tarde. La mujer fue enterrada al siguiente día. Beto se casó con la morena de fuego una semana después, y nunca extraña a Martha por las noches.

22 de mayo de 2011

El enano

Era un humano amorfo. Enano lo llamaría yo. Ya sé, la discriminación no es buena, pero su tamaño es absurdo. Por las noches llora como los perrillos, y por las mañanas duerme plácidamente hasta que despierta para ser alimentado por Ella. Después, toma un poquito de fuerza, y vuelve al llanto fulminante, que hace estallar mi cabeza. No lo soporto.

Han pasado algunos meses. El enano sigue así, aunque debo admitir que ha crecido un poquito, ya puede caminar bien y sin caerse hacia atrás como acostumbraba. Hasta le he comenzado a tomar cariño. Ya no llora como antes, y ha comenzado a articular sus primeras palabras. Debo admitir que todavía no me cae del todo bien, considerando que le roba bastante tiempo a Ella.

Meses han corrido. El enano va a la escuela, y le han hecho burla de su mala caligrafía, no sabe juntar letras para formar palabras y sus cuadernos están llenos de mugre y lágrimas. Me acerco, y el enano está llorando encima de la libreta, que tiene la página llena de rayones de color azul.

-¿Qué pasa enano?- le pregunto.
-Me hacen burla porque no puedo escribir- dice con lágrimas en las mejillas.

Le explico que escribir es muy fácil. Lo animo con lo único que lo motiva: escribirle una carta de amor a Ella. Entonces, tomo la mano del enano, el crayón rojo, y lo guío, una recta, una curva, un círculo. Repetimos el ciclo hasta completar la frase.

De pronto me siento orgulloso, el enano termina la palabra, y al lado le pone un corazón. En cuanto Ella entra a la habitación, lee con lágrimas en los ojos lo que mi hermano ha escrito por primera vez: “Te amo mamá”.

19 de febrero de 2011

Alicia y Greta

Greta conoció a Alicia el día que su novio la había dejado. Era un martes triste, de esos en los que te cuesta trabajo levantarte de la cama y el cielo nublado parece un mal presagio. Mientras Greta tomaba una taza de café en una cafetería del barrio, Alicia llegó a sentarse junto a ella. Le llamó la atención el título que la menudita mujer leía, “Mujeres cabronas: como ser más fuerte, sexy e independiente”.

-Creo que hoy me siento débil, gorda y muy dependiente- comentó Greta.
-¿Perdón?-le dijo Alicia.
-Lo siento. Mi novio me dejó hoy. Me siento perdida y el título de tu libro, bueno, nunca me han servido esa clase de libros.
-¡Ya sé! Ni a mí, pero digo, te levantan el ánimo un rato ¿no?-le contestó sonriente.
-Sí, tienes razón. Nunca hago esto con la gente que acabo de conocer, pero ¿Qué tal si vamos por unos tragos? Yo invito- dijo Greta.
-Suena bien, así nos olvidaremos de todos los asquerosos hombres por un rato- comentó Alicia.

Las dos mujeres tomaron sus bolsos y salieron de ahí. Greta miraba a Alicia, no podía creer que acababa de invitar a una mujer a salir. Esperaba que ella no lo tomara a mal.
Alicia era una mujer más bella que Greta. Era como el título de su libro. Tenía el cabello rubio y los ojos verdes, era poseedora de una silueta envidiable y una sonrisa cautivadora. Eso la había llevado a ser la más popular en su preparatoria, a haber terminado más de ocho relaciones, y a tener exactamente treinta y seis encuentros casuales teniendo apenas veinticuatro años de existir. Greta tenía lo suyo, pero era una muchacha tímida con el cabello teñido de rojo, con pecas en el rostro y unos ojos grandes y cafés. Estaba ligeramente pasada de peso y el novio por el que tanto sufría era el único que le ha hecho caso a sus treinta y tres. Sin embargo, no se miraba de esa edad, sino de unos veintisiete. Al menos eso fue lo que le dijo Alicia cuando se subió a su auto. Las dos nuevas amigas se fueron a meter a un pub, donde pronto se encontraban tomando su quinto litro de cerveza, una cantidad enorme para unas mujercitas apenas de un metro y medio por parte de Alicia, y el uno punto setenta de parte de Greta.

-Me gusta tu cabello rojo- dijo Alicia riendo mientras lo acariciaba.
-Gracias- le contestó Greta- ¿Eres rubia natural?-
-¡Sí! Bueno sí y no- dijo coqueta y sonriente- ya sabes me hago rayitos más oscuros, y más güeritos para que se vea así.
-¡Me encanta!- dijo Greta- ¡Se ve precioso!
-¿Sabes que me encanta más?-dijo la rubia-¡Esta canción!

Mientras bailaban al ritmo de “mueve la batidora mami” Alicia le brincó encima a Greta y la besó.

Los siguientes meses fueron pura miel. Greta estaba contenta de que ya no tendría que buscar hombres -ya que nunca tuvo éxito en ello- y pensaba que era genial tener a Alicia como compañera, alguien que la entendía, a quien podía confiarle todos sus secretos sin ser juzgada. Después de pasar juntas las fiestas de fin de año, Greta le pidó a Alicia que vivieran juntas. Ella aceptó. Y ahí fue cuando comenzaron sus problemas.



Como redactora de noticias de una radiodifusora muy importante, Greta comenzó a tener turnos en la madrugada lo cual hacía enojar a Alicia. Discutían a gritos en las mañanas y Alicia insistía en revisarla para ver si no había estado con algún hombre a lo que Greta se negaba rotundamente. Esto ocasionaba las rabietas de Alicia, y era así como la diminuta rubia, comenzó a salir durante las noches que Greta trabajaba. Todo se complicaba cuando las dos tenían el periodo, lloraban, se gritaban, y para la hora de la cena volvían a hacer las paces entre lágrimas. Pasaron algunos meses, y comenzaron a pelear porque Greta, después de casi un año, había adelgazado y ahora usaba la reveladora ropa de Alicia. Greta lucía bien, pero lo que hacía enojar a Alicia era que muchas veces tomara sus cosas sin pedirlas prestadas incluído su maquillaje y hasta su ropa interior. Greta decidió que era hora de actuar, y se llevó a Alicia a la playa. Después de un relajante fin de semana todo parecía estar regresando a la normalidad, tomaban un par de clamatos y lo único que rompía el silencio eran las olas del mar.

-Greti- le dijo Alicia – Tengo que decirte algo muy importante.
-¿Qué pasa pequeña?- le respondío ella.
-Estoy embarazada- dijo la rubia sin rodeos. Greta no lo podía creer, era como si le hubieran tirado un balde de agua fría encima.
-¿¡Qué dices!? ¿Qué me estás diciendo? ¡Eres una cualquiera! ¡Sabía que no te ibas a resistir! – le decía Greta mientras aventaba cosas dentro de la habitación.
-¡Es tuyo Greti! ¡Es nuestro hijo!- dijo Alicia.
-¿Mi hijo? ¿De verdad me crees tan imbécil? ¡No lo puedo creer Alicia! ¡Después de todo! – reclamaba Greta.
Tocaron a la puerta.
-Seguridad. ¿Todo bien?- ¡Sí! ¡Estamos bien, gracias!- gritó la pelirroja.
Bajó su tono un poco – Desde que te conocí sabía que eras ese tipo de chica, sólo no lo quize aceptar- continuó- ¡Creí que esto era real, pero ya vi que no! Mañana mismo te quiero fuera de la casa. ¿Me entiendes?
-Greti, es tu hijo, te lo juro. Si quieres vamos a hacer pruebas de ADN cuando nazca. Aparte, ¿A dónde más voy a ir? Desde que ando contigo mis papás no me hablan, y todavía ni acabo de estudiar – la güera se sentó a llorar. Greta se conmovió.
-Mira, no te preocupes ¿Sí? Si dices que es mío te creo. Vamos a salir a adelante. Ya verás.

Los siguientes nueve meses fueron un suplicio para Greta. No podía creer que Alicia la engañara diciéndole que el hijo era suyo. Cada día que pasaba era consolar los llantos de Alicia, conseguirle los antojos, y convercerla de que no se veía gorda. Cuando por fin después de casi cuarenta semanas le comenzaron las contracciones a Alicia, la pelirroja no podía estar más feliz. La llevó al hospital, y después de cuarenta y seis horas en labor de parto, el pequeño bebé nació. Greta besó la frente del bebé y de Alicia, salió del quirófano, y caminó hacia su auto convencida de no volver jamás.

Nunca volvió a salir con chicas. Se casó con un hombre feo y panzón pero con mucho dinero, y no tuvo hijos.

7 de enero de 2011

El anhelo

Estaban en un cuarto de hotel viejo, las paredes parecían raspadas por el eterno uso, las sábanas estaban sucias, y la colcha estaba polvosa. El jacuzzi del baño tenía una fina película blancuzca de tanto uso. En el lavamanos reposaba una bolsa de hielo y sobre ésta un bote de crema batida casi vacío. En el centro de la habitación una mesa, y sobre ésta un florero viejo y verduzco que había sido testigo de cientos de amantes. En la cama, dos amantes a punto de abandonar la habitación.

Ella se levantó y comenzó a ponerse la ropa.

-Te ves hermosa- le dijo Samuel con un tono tierno en la voz.
-Gracias- le dijo Roberta, más tímida que halagada. -Amor, me estaba preguntando, ¿Cuándo es que conoceré a tus padres?- le dijo un poco nerviosa.
-Tú sí que sabes hacer bromas.- dijo Samuel en un tono sarcástico mientras se ponía los pantalones.
-¿O sea que nunca?- dijo molesta.
-A lo mejor cuando me agarres muy borracho y me obligues a que te lleve con ellos, sin que eso pase no veo otra manera- respondió él haciendo burla.

Roberta se metió al baño. Lágrimas amargas rodaban por sus mejillas. Esta escena se le había repetido ya unas veinte veces con novios distintos. Ella no entendía porque le sucedía esto, si les daba sus mejores movimientos en la cama, y apenas se conocían les regalaba felaciones monumentales. Ni en las películas tres equis hacían lo que Roberta sabía hacer. De puro coraje, y recordando a sus viejos amores salió del baño, aventó el antiguo florero al suelo rompiéndolo, y terminó la relación. Alcanzó a escuchar las risas de Samuel mientras esperaba el elevador.

Una vez más, el pez gordo se le escapaba a Roberta. Le dolía más haber perdido aquellas salidas a Polanco los fines de semana, y las idas a Houston que al mismo Samuel. Caminó con tristeza hacia la parada del camión, y veía feo a todas las personas que venían en él, incluso hizo arqueadas un par de veces. Roberta Solís, se rehusaba a ser pobre, es por eso que no descansaría hasta dar con "El Hombre" que por fin la sacaría de tanta miseria. Al menos Samuel ya le había regalado visa y pasaporte. Esteban, otro de sus novios, la había llevado a conocer Cancún, porque ella nunca había visto el mar. Rodrigo le había regalado un reloj de oro, y Toño su bolso de diseñador. Sin embargo, ninguno le había regalado la tan anhelada argolla que representaría manutención para toda la vida, y su luna de miel en París.

Roberta estaba en su viejo departamento, el tapiz descolorido y roto en las paredes, un sillón con un resorte salido, una mesa de plástico y una lámpara sin foco enmarcaban el enorme afiche de la ciudad de París. Visitar esta ciudad era el gran anhelo de Roberta, y pensaba que juntándose con las personas indicadas, lograría llegar.

-¿Ya te botaron Roberta?- le dijo Magda, la chismosa del siete, al siguiente día, mientras lavaban la ropa.
-¡Qué te importa! ¡Vieja chismosa!- rugió Roberta.
-Ha de ser que siempre les das el "tesorito" muchacha.- le dijo en actitud burlona - ¿Te digo algo? El Juan se casó conmigo porque no le di nunca - sonrió pícara- Es más, le dije, si no nos casamos, nunca vas a probar lo que es estar con Magda del Rincón. Pero ahí tú sabes -se dio la media vuelta.
-Gracias, pero no necesito los consejos de una vieja chismosa- replicó la muchacha en ira.

Tres meses más tarde, Roberta conoció a Manuel, hijo de una familia pudiente, que iba y venía a París varias veces al año, él era inversionista, trabajaba para una transnacional, y tenía treinta y dos años. El partido perfecto para cualquier mujer. Después de dos citas con él, Roberta lo invitó a cenar y después de la comida, se repitió lo que hacía con todos, las grandes movidas, las felaciones, la lencería atrevida. Después de la acción, Manuel estaba sorprendido y agotado.

-¿Haces esto con todos los hombres que acabas de conocer?- dijo Manuel.

Ella se quedó atónita. No supo que responder. Lo abrazo y comenzó a llorar. Manuel la abrazó con desconcierto.

-No quise ofenderte- le decía mientras le acariciaba el cabello.


La relación siguió por meses. Manuel siempre se sintió culpable por ese incidente, así que llenaba a Roberta de regalos y atenciones. Bolsos, zapatos, y ropa de diseñador llenaban el clóset de ella. Era muy feliz. Tenía todo lo que estaba de moda, iba a los mejores lugares, y ya había conocido Nueva York y las Vegas. Estando en las Vegas se enteró de que Manuel tendría que ir a París dentro de poco, así que lo más probable era que su sueño se concretaría al fin.

-No sabes mamá, es cómo siempre lo soñé- decía Roberta al teléfono- No sólo Manuel se la pasa ocupado todo el tiempo lo que me deja tiempo libre para hacer lo que yo quiera, sino que es como mi propia cuenta del banco- suspiró- ¡Y ahora me llevará a París!

La inocente Roberta no sabía que Manuel la escuchaba detrás de la puerta. Así que Manuel le hizo creer que la llevaría a París, y terminó la relación tres días antes de que partieran hacia la ciudad del amor.

Roberta tenía treinta y cinco años cuando regresó a la soltería. Manuel fue el último "niño rico" con quien pudo establecer una relación. Dicen que intentó regresar con él por dos años, hasta que él se casó. Las malas lenguas dicen que después de este incidente Roberta se deprimió tanto, que casi termina con su vida. Lo cierto es que conoció a un buen hombre llamado Pedro, cuando ella tenía cuarenta años. Él era obrero, y cuidó de ella toda su vida, le remodeló el departamento, y la hizo muy feliz. Sin embargo, Roberta siempre guardó amargura en su corazón, ya que nunca pudo tener hijos, pero principalmente porque nunca pudo conocer París.

30 de diciembre de 2010

Confesiones de un infiel

Fue fácil. Dos miradas y seis copas después la llevé a mi cama. Cabello negro largo rizado, unos pechos de diosa, una cintura pequeña, y un deleite en la alcoba. No recuerdo su nombre, no duró mucho. Terminada la acción, le pedí que se vistiera y se marchara. Me gritó algunos improperios y se fue sonando sus tacones altos. Al día siguiente me enredé con una vedette de pechos enormes que vestía nada más que un atractivo "lingerie" de cuerpo entero con orificios en lugares estratégicos. No pasó mucho para que yo le pidiera un privado y viendo a un hombre de tamaños como yo, se animara, gritara y hasta se dignara a besarme. No sé por qué lo hago y si lo escribo es porque pienso que de alguna manera me limpiaré confesándole esto a cualquiera, a un extraño que encuentre esta libreta, tirada, abandonada en la calle. La tomará y leerá las memorias de mi vida, un mujeriego empedernido. Un don nadie. Un cobarde que le miente a su esposa, y guarda su anillo en la gaveta del escritorio de la oficina, mientras decide que hacer lo que resta de la noche.

Me he enredado con siete vedettes y veinticuatro extrañas en los últimos tres meses. Hace dos semanas, con una novicia. Debo decir que eso no estaba planeado, pero era una de las amigas de mi hija que venía a despedirse para irse al convento. La convencí explicándole que debería probar a un hombre por lo menos una vez en la vida. No era tan pequeña como para que esto haya sido un delito, y no era tan inexperta juzgando su desempeño. Me divertí y creo que ella también. Me gusta probar mujeres aunque cada mujer que me prueba tiene siempre lo mismo. Hace mucho que no hago esfuerzo alguno para conocer mujeres, y eso de cierta manera me ha creado un vacío. Lleno de todas las cosas que la vida te puede dar, una casa con piscina, un auto deportivo, una carrera profesional envidiable. Todo, por eso ellas caen. Creen que soy soltero, creen también que ellas serán esa mujer que me hará ver diferente el brillo del sol, o el color del cielo y correré a pedir su mano. Creen que son esa mujer que me dará el mejor "sexo de mi vida" y que por eso correré a casarme con ellas. Creen que serán las que eventualmente disfrutarán de mis bienes materiales, y podrán comprar una esclava de oro el día que les venga en gana. No es así. Soy un pobre diablo, y hace siete años que no hago otra cosa que coger mujeres. Ahora es como si una parte de mí se hubiera apagado y solo busco conocer cuerpos. Los he encontrado de los más raros a los más bellos, pasando por los perfectamente moficados. Un poco de bisturí por aquí y por allá y es la mujer más perfecta que has visto. Al otro día he encontrado sobre mi lecho restos de extensiones de cabello, rellenos de sostén, brillos, sábanas manchadas de bronceador. Sin embargo, no he conocido una mujer que me cautive, bueno, que me deje pensando en ella pasada la acción. Regreso todas las mañanas a la oficina, la cual tiene mi escritorio, sobre el cual se encuentra la fotografía de mi esposa con mis hijos, y al verlos, abro la gaveta, saco el anillo y me lo vuelvo a poner. Después entra mi secretaria y no me puedo resistir a esa falda ceñida que no me deja ver mucho, me le acerco, le hago una insinuación. Ella sonríe. Nos metemos al cuarto de copiado y mientras ella desabotona su blusa, vuelvo a guardar el anillo en mi bolsa del pantalón. Qué pobre diablo, qué cobarde. Ya no miro a mi esposa a los ojos, e invento pretextos baratos para justificar mis faltas al hogar. Se que ella se siente sola, pero no puedo evitarlo. Soy un cobarde que desde hace siete años se comparte con mujeres, con todas, con cualquiera. Y apesar de la inagotable búsqueda de placer, jamás lo he sentido. Soy yo, un pobre diablo que no le ha hecho el amor a su esposa en siete años, porque no sabe qué hacer con la culpa que carga sobre sus hombros, porque cree que escribiendo sus reprobables actos llegará a algún lado, que recuperará algo de lo perdido, algún pedazo de la mirada triste de su esposa que él mismo rompió.

2 de diciembre de 2010

La estudiante

La maestra enseñaba con empero a los niños. El abc, y el 123, eran lecciones que todos tenían que aprender. Pancha la cucaracha, paseaba por el salón cuando la escuchó. Las letras la enamoraron, y gracias a eso aprendió a esquivar las trampas amarillas que decían "Veneno" y estaban regadas por toda la escuela, ya que los pobrecitos niños vivían azotados por plagas, cuando no eran liendres, eran grillos, o ahora, en la época de primavera, cucarachas.

Pancha se las ingenió bastante bien para asistir a clases. Comenzó a aprender sobre la historia del mundo, y se sorprendía del actuar humano. Supo dónde estaba África y también París. Conoció el Nilo y las cataratas del Niagara en imágenes. Hasta hizo una amiguita, quien le dejaba migas de pan para que pudiera desayunar. Así pasaron días, semanas, y meses.

Un día la maestra hizo una pregunta mientras enseñaba sobre ciencias naturales. Ningún niño sabía la respuesta. Pancha comenzó a brincar y a gritar diciendo: "Yo la sé maestra, ¡Yo la sé!" La pequeña cucaracha había olvidado que la profesora no entendía su lenguaje. En un acto de reflejo, la maestra aventó el borrador del pizarrón aplastando a Pancha, quien quedó hecha puré.

Pancha murió el 3 de julio de 1995, tres días antes de concluir el quinto año de primaria.

5 de noviembre de 2010

El galardón tardío

Sintió que escribió el cuento en vano. El editor de la revista que ella leía desde que iba en sexto de primaria, la rechazó. Dijo que no tenía un estilo literario de acuerdo a lo que buscaban, y que su historia no tenía sentido. Sin embargo, todas las personas que la leían, parecían quedar satisfechos con la historia.

Ella no entendía que sucedía. La gente leía sus historias, pero cuando llegaba la hora de intentar publicarlas, no funcionaba. La respuesta de un concurso nacional de escritura, fue nula, para ella tres meses de silencio significaban que no ganó. Decidió publicar una bitácora en línea, donde recibía estupendos comentarios de sus escasos lectores. Sin embargo, ella quería más.

Al borde de la desesperación, una noche de tantas de las que pasaba en vela, llorando y sufriendo, decidió acabar con el insomnio. Fue fácil, seis pastillas y una botella entera de ron. La bella joven durmió para siempre.

Al día siguiente llegó por correo la carta que le comunicaba que era la ganadora absoluta de aquel concurso, y debido a esto, todas las revistas literarias de la región publicaron sus cuentos.

12 de octubre de 2010

Amor inconcluso

Desde que la conoció le impactó. Fueron dos o tres frases mientras ella entregaba un tiquete de autobús. Desde ahí no le pudo quitar los ojos de encima. Ella era poseedora de una hermosa melena castaña que le caía por debajo de los hombros. Sus ojos miel eran cautivadores y su sonrisa, cálida.

Una semana después, él no podía sacarla de su mente. No podía creer lo que le pasaba. Se estaba enamorando. Ruleiro Cuevas era un mujeriego por naturaleza, le encantaban las mujeres, y él le encantaba a las mujeres. Era por eso que no se podía permitir enamorarse de una. Mucho menos, ser pareja de una. Simplemente no estaba en su mapa, ni en sus planes, y mucho menos en su naturaleza de conquistador.

Cada noche pensaba en lo que podía hacer. Se daba ideas. Anotaba en su libreta. Permanecía despierto a causa de ella. Al día siguiente, la vio llegar y no podía creer lo que veía, ya que ella, la mujer del momento para él, era ya la prometida de otro hombre. Ese otro hombre no representaba una competencia para él, por lo que pasó aún más noches en vela pensando el por qué de su compromiso. "Tal vez ella está de encargo", se decía, pero era difícil que ese cuerpo tan delineado y esbelto, se estuviera preparando para la maternidad. Simplemente, Ruleiro, estaba confundido... y enamorado, hay que agregar.

Ella le sonreía, tenía una actitud amable y alegre con él. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando, pero Ruleiro no pensó que ella, también guardaba algunos sentimientos por él. El tiempo tuvo que pasar hasta la fiesta de fin de año de la compañía de autobuses. Se sentaron juntos. Fue la primera vez que pudieron platicar, la primera vez que sus piernas se tocaron, y la primera vez que terminaron juntos en una cama. Ella no lo podía creer, Ruleiro tampoco. Estaban felices, salieron como si fueran pareja, y el día tuvo que terminar. Se despidieron con un suave beso, se dieron los buenos deseos y un abrazo.

Cuando regresaron a trabajar pasadas las fiestas, Ruleiro supo que ella no había cancelado su compromiso con aquel hombre. Dejó de hablarle. Ella no entendía que sucedía, pero trataba de entender, de hablar con él, de decirle que estaba dispuesta a dejar todo por él. Ruleiro se apartó. Ella lloró exactamente dieciocho horas, cuarenta y tres minutos, y diez segundos por él. Después se dijo que jamás pondría sus ojos en un Don Juan como él, y decidió seguir adelante con sus planes de boda.

Ella se casó el 4 de marzo de 1974. Todavía trabaja en la compañía de autobuses. Ruleiro aún la quiere, y la mira de lejos cuando ella no se da cuenta.

3 de octubre de 2010

Ella

Ella se reía incontrolablemente de mí. Era bella, no he de negarlo, pero su risa me incomodaba. Mientras bajaba las escaleras que conducían a la biblioteca, la encontré de nuevo. Estaba dentro del espejo y después de intercambiar miradas, la risa comenzó; esta vez hasta llegar al llanto, a tirarse al piso, a jalarse el pelo, a gritar. No entendía que le podía causar tanta gracia en mi persona, incluso, no me parecía una risa graciosa, de esas que parecen que se ríen con uno. No, ella, se reía de mí.

Pasaron algunos días, y la volví a encontrar en el portal de aquella suntuosa biblioteca. Ella con un vestido caro y elegante, con tacones altos y peinado de salón. En el momento que me vió dijo que mi rostro reflejaba la torpeza del mundo y explotó en risas hasta que se tiró al piso, ensució el vestido, se deshizo el peinado de salón. Yo la observaba. Se levantó con gracia y entre risas me dijo que nunca llegaría a ninguna parte así.

Al regresar a casa, la volví a encontrar dentro del espejo. No pude evitar mirar esa sonrisa, que esta a punto de explotar en carcajada, en burla. Mientras le ponía una manta encima al espejo, su risotada se escuchó en toda la casa. Corrí y me envolví en una frazada, para no escucharla, para no verla, porque la odiaba. Me levanté del sillón, me apresuré hacia el ático y tomé un martillo para romper el espejo, pero ella escapó al siguiente espejo que encontró dentro de la casa. La perseguí, martillo en mano, y no sé si lo que quería era romper todos los espejos o matarla por fin. Sus carcajadas llenaban la casa, y solo me recordaba mis fracasos, mis errores, y lo que nunca había podido hacer. Después de romper todos los espejos en la casa, me detuve a llorar. Mis lágrimas y mi sollozo llenaban el lugar, cuando de pronto escuché una risita malintencionada, venía del recibidor.

Recordé aquel espejo pequeñito que mi abuela me había traído de Europa, y me acerqué. Esta vez con toda la determinación para matarla de un buen martillazo en el espejo, ya que sus burlas habían ido al límite.

Me detuve al ver la horrorizante escena frente a mí en el espejo:

Ella era yo.

23 de septiembre de 2010

La muerte primera ( #ihatementoday )

Como bien dice aquella película, no hay peor muerte que morir por pendeja. Tiene razón. Me llamo Maritza, y tuve un novio al que adoraba más que a cualquier otra cosa en el mundo. No es que yo quisiera que las cosas fueran de esa forma, era que yo ya no lo podía controlar. Me fui de fin con él a Acapulco. Bueno, no íbamos solos iban sus hermanos, Ariana y Beto. Conocía muy poco a Ariana pero me tiraba buena onda, y yo pienso que ya me había ganado un huequito en el corazón de Beto después de dos años de andar con su hermano.

Mi tormento se llamaba Leo. Bueno, Leonardo, pero ya saben. Yo lo trataba como si fuera la persona más importante sobre la faz de la Tierra, dejaba de ver amigas, familia, y todo por él. Yo era la envidia de todas porque sucede que Leo era muy popular en la uní. Aguante muchas cosas sólo por eso. Lo triste era que de repente sí se daban cuenta que él no me trataba tan bien. Pero bueno, estábamos en Acapulco…Yo creía que me la iba a pasar de ensueño con él, pero resultó que Leo andaba como de malitas esos días, incluso llegué a pensar que igual y ni quería que yo fuera porque iban sus hermanos. Ariana iba con su novio, y Beto iba con un amigo. Nos quedamos en el Mayan. La onda era que sólo había una cama que habíamos acordado sería para Ariana y el novio, y nosotros nos quedaríamos afuera en la salita. Desde ahí no me hizo tanta gracia. Total que una noche las cosas salieron de otra manera y acabe con Leo en el cuarto. Yo le rogaba para que hiciéramos el amor porque moría de ganas y la playa, el clima, y todo me inspiraba. Él no quería y más bien me daba leves empujones y terminó volteándose para el lado contrario. Me sentí fatal.

No vale la pena que yo les cuente todas las groserías que me hizo, como cuando fuimos al antro, nos la pasamos maravilloso, la gente nos decía que hacíamos bonita pareja, y no sólo eso, dos que tres chavos le comentaron que tenía una bella novia. Bueno, bonita. Esto pasaba muy a menudo cuando salíamos, lucíamos bien juntos supongo. La verdad es que me encantaba que la gente dijera cosas, pero como dicen por ahí, nadie sabe lo que pasa detrás de las puertas, y la neta era que cuando nosotros nos quedábamos a solas, el no quería estar conmigo. Ese día llegamos como a las siete de la mañana al hotel, ya que la habíamos pasado tan bien, me quite la falda y me puse sobre él en la cama para darle un beso. El se volteó y bajo la mirada, seguido de un "estoy muy cansado".

Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero decidí ponerme la pijama y dormir. Me sentía pésimo, lloré, y mi estado normal al lado Leo ya era más bien depresivo, pero crónico. Siempre estaba triste.

Más tarde fuimos a la playa y Ariana y su novio rentaron unos jet skiis. El del era Ariana y su novio, y yo con Beto. Beto me dijo que si quería manejar y le dije que sí. El lanchero, o bueno el don este que rentaba las motos estas, dijo que teníamos que pasar las olas hasta altamar para que el mar no nos aventara. Se me hizo un poco lejos pero lo escuché.

Beto y yo avanzamos hasta altamar. De repente, de la nada se levantó una ola enorme. Por más rápido que avanzáramos nos iba a caer encima. Traté de maniobrar pero fue inútil. La ola nos arrastró, el jet skii me cayó encima, y me hundí.

Mientras estuve bajo el agua, fue todo tranquilidad. Quería morir, mi vida era una tristeza. Dije "para qué luchar por salir a flote, esto es más fácil". Estuve a punto de simplemente desabrochar el chaleco salvavidas, ya que por la gran cantidad de agua de la ola, no estaba sirviendo mucho traerlo. Me dejaba ir cuando escuche una voz: "¡Maritza!"

Era Beto, sosteniendo mi muñeca me sacó del agua. Me ayudo a subir en el jet skii de nuevo. Yo tenía una herida en la pierna del golpe que me dio cuando se volteó. Pronto llegaron a auxiliarnos y nos llevaron hacia la costa. Cuando llegué, Leo me recibió muy enojado y me dijo: "¿No que sabías conducir estas cosas? ¡Pudiste matar a alguien! Yo simplemente, no lo podía creer. Mi herida fue atendida, y pasé la tarde descansando en el hotel. Al regresar a la ciudad, no hubo más remedio que cortar con él.

Y es por eso que #Ihatementoday

9 de septiembre de 2010

Sólo un instante...

Me tomó en sus brazos. Fue sólo un momento. Por mi parte, sentí lo más sublime que cualquiera podría sentir en los brazos de alguien que ama. Sus manos sobre mi espalda hacían que me estremeciera, y lo que más deseaba era que ese suave toque no terminara nunca. Me besó en la mejilla y pude percibir su dulce aroma, el que siempre percibo y al que soy adicta pues no puedo vivir sin él. Todo esto paso en tres segundos y siete milésimas de segundo. Sin embargo no puedo yo negar que para mí se detuvo el tiempo en ese preciso instante, en el que el suave toque y el anhelado beso me hicieron vibrar.

5 de septiembre de 2010

La boda mortal

Desde que Juan Romero comenzó a salir con Juliana Jarabo, la hija del hombre más rico del pueblo, la gente comenzó a hablar. No sólo se preguntaban por qué Juliana podría prestarle atención a un hombre tan despreciable y feo, sino se preguntaban si había una pizca de amor propio en ella por hacer tan mala elección.

Juliana no tenía un rostro bello, pero tenía una mirada amable, un cuerpo deseable, y un cabello café profundo y brillante que cautivaba. Tenía un gran complejo inculcado por su madre la cual le llamaba prieta desde que era niña, y cuando creció Juliana siempre sintió que por su apariencia física no podría conseguir que un hombre se fijara en ella. Fue ahí cuando Juan hizo su jugada clave ya que pensó que al casarse con la hija del hombre más rico del pueblo aseguraría no sólo un buen trabajo, sino su futuro.

Juan era un hombre sin principios. Un gañán como dirían las malas lenguas del pueblo. Se sabía que había asesinado a un hombre hace unas decádas, y el caso fue cerrado por falta de pruebas. Se sabía que le había robado al que fuera el hombre más rico del pueblo en el año de 1984, Don Alberto Rodarte, un español que había venido a México después de su retiro y que murió en un incendio que él mismo originó al quedarse dormido con un cigarro en la mano. Se sabía también que Juan Romero era un mujeriego y que ninguna mujer lo había convencido de llevarla al altar.

Poco sabía Juan con que lo enfrentaría el futuro, ya que al convertirse en el enamorado de Juliana descubrió a la mujer más obsesiva e insegura que hubiera conocido jamás. Juliana se ponía celosa de cualquier mujer que se le acercara a Juan incluídas las de su familia. Juan pensaba que con el tiempo los miedos de Juliana se disiparían hasta que todo fuera paz y tranquilidad. Lo cierto es que con el tiempo Juliana era cada vez más insegura y no sólo se comparaba con otras mujeres, intentaba cambiarse a sí misma para no verse tan prieta, y gustarle más a Juan.

Los planes de boda fueron un infierno. Juliana lloraba porque el color blanco sólo hacía que su piel oscura resaltara más. Juan sugirió cambiar el color del vestido, pero eso sólo pondría más en duda el honor de ella. Después de meses de buscar vestidos, elegir flores, y probar pasteles, llegó el tan esperado día.

Juliana y Juan pelearon desde el amanecer. Ella argumentaba que no sólo se veía prieta con el vestido, sino que se veía gorda. Juan le gritó que estaba harto de ella y le dijo que la vería hasta la hora de la ceremonia. Juliana se veía como un ángel, su piel oscura brillaba como nunca, y las orquídeas de su ramo daban un toque de ternura. Mientras Juliana caminaba al altar, Juan no la miró. Repitió los votos matrimoniales vanamente, inclusó titubeó. Las lágrimas escapaban de los ojos de ella, pero no eran de felicidad, eran porque ella sabía que lo más probable, era que Juan se arrepintiera de último minuto.

No fue así. Juan y Juliana se casaron ante Dios y los hombres. En la fiesta, Juan ignoraba a Juliana aunque la tenía a un lado. Ni siquiera la miraba, estaba harto y pensaba que podría hacer en un futuro cercano para librarse de ella. Juan decidió que lo mejor sería disfrutar de la velada, y después de una botella y media de tequila, llegó la hora de partir el pastel.

Todos los invitados se reunieron para ver a los novios cortar el pastel. Juliana tomó un poco de merengue en sus dedos y lo embarró en la nariz de Juan. Él rió, y tomó otro poco y lo embadurnó en la mejilla de ella. Ella se acercó para besarlo cuando Juan tomó un pedazo entero del pastel y lo aplastó en el rostro de Juliana. Se le hizo fácil seguir el mismo juego cuando tomó otro trozo y lo embarró de nuevo. Juliana se estaba ahogando, y hacía señales, pero nadie hizo nada. Todo el pueblo miraba con horror a Juan, ya que entre gritos y golpes, Juliana expiró.

Con el rostro lleno de pastel de bodas, Juliana fue llevada a la capilla a recibir los santos óleos, aunque ya era demasiado tarde. Fue limpiada y enterrada esa misma noche con su vestido de boda y hasta hoy se cuenta la leyenda de una novia que pasea por las calles del pueblo en las madrugadas llorando por un mal de amor.

Juan por su parte, fue llevado a la capital, donde fue sentenciado a una condena de cadena perpetua, pero finalmente, fue asesinado en la cárcel después de que se supiera el acto tan monstruoso que cometió. Todo esto se habla aún en el pueblo, aunque estos hechos ocurrieron hace más de diez años.

17 de agosto de 2010

Traición

Desde ese abrazo cálido no he podido sacarte de mi pensamiento. Es como si te hubieras entretejido a mí lentamente, sin que yo me diera cuenta. Creo que esta vez, no me pude ver en tus ojos, pero me entregué sin reservas. Claro que hubiera querido unirme a tí para siempre. Claro que no te hubiera negado nada. Mientras nuestros labios se fundían, lo recordé. Me habías engañado.

26 de julio de 2010

El vampiro

Ella tomó el libro tétrico entre su manos. Con miedo lo escondió debajo de su enorme vestido. Al llegar a su casa, lo escondió debajo del libro sagrado, para que el otro siendo opaco y fúnebre pasara desapercibido.

Cuando las manecillas marcaban cerca de las doce de la noche, la muchacha tomó una lámpara y enciendiéndola con un fósforo, caminó el angosto pasillo hasta la biblioteca. Levantó el libro sagrado, y ahí estaba. Lo que siempre había anhelado leer, historias sobre seres helados que viven succionando sangre humana. Se le erizó la piel de pensar que alguien podría hacerle eso. Varios libros se cayeron. Al voltear no había nadie.

Después de terminar de leer una historia del misterioso libro, pudo sentir que una mano fría, rígida, y sólida, acariciaba su cuello. Se entregó a esa sensación culpable que no dejaba de ser placentera. Una lengua helada recorría su cuello mientras ella gemía casi en silencio. Unos colmillos se clavaron profundamente en su ser. De pronto no tuvo más fuerzas y se dejó ir. La lámpara cayó al suelo rompiéndose en pedazos y todo quedó en oscuridad.

14 de julio de 2010

Reencuentro

No pensé que perduraras en mi recuerdo después de todos estos años. En algunos sueños te sentí y en otros he vuelto a desear que te alejes de mí para siempre. Nunca te olvidé del todo y por eso, siento que cada que te es posible te apareces en mi sueños. Recuerdo la tarde gris en la que nos dijimos adiós. Yo llorando y tu tomando el volante del vehículo azul que jamás volví a ver.

Hoy te conocí de nuevo. No pude reconocerte de primera instancia pero supe que eras tú. Me vi en tus ojos y tú en los míos y fue como volver en el tiempo, aquel único tiempo en el que fuimos felices. Yo no te intereso. Y si te interesara creo que me invitarías a tus prácticas de remo que tanto te gustan y tanto trabajo te cuestan hacer. Te has mejorado con los años y cada vez que te miro reparo en tu cuerpo y me pregunto cómo se sentiría unido al mío. La única razón es la curiosidad pues no podría yo volver a unirme a tí después de lo que me has hecho. No te conozco ahora y no te conocí nunca. Tu apariencia es hermosa y muy codiciable pero apenas llego al corazón de tus sentimientos me doy cuenta de que eres duro y frío.

El anhelo más grande fue crear una familia a tu lado. Todas esas veces que estuvimos juntos me emocionaba de pensar que tal vez algún pequeño venía en camino. Era muy tonta. Ni te imaginas todo lo que he vivido sin ti y lo bien que se siente. Encontré a un hombre mil veces mejor que tú y me llama por nombres cariñosos, si me enfermo no se va hasta que se asegura de que estoy bien y me da toda su atención. No tiene tu cara ni tu cuerpo, pero tiene el mejor corazón que haya conocido jamás y esa razón sobrepasa a todas las demás que alguien podría tener en su contra. Seguro tu sigues sufriendo por tus interminables búsquedas internas y las decisiones incorrectas que has tomado en tu vida. Seguro que derramas algunas lágrimas antes de dormir, pero no por mí. Seguro que tu esculpido pecho abraza a otra en vez de a mí.

Hoy te conocí de nuevo, y no mostraste una pizca de interés en mí. Fui muy amable contigo para encontrarme de nuevo con un témpano. Sentí en tu breve abrazo ese cuerpo esculpido. Sobretodo me vi en tus ojos y creo que tú te viste en los míos. Tus ojos avellana no se posarán en mí jamás.

En todo esto sales ganando. No he dejado de pensar en ti ni un sólo día.