Fue fácil. Dos miradas y seis copas después la llevé a mi cama. Cabello negro largo rizado, unos pechos de diosa, una cintura pequeña, y un deleite en la alcoba. No recuerdo su nombre, no duró mucho. Terminada la acción, le pedí que se vistiera y se marchara. Me gritó algunos improperios y se fue sonando sus tacones altos. Al día siguiente me enredé con una vedette de pechos enormes que vestía nada más que un atractivo "lingerie" de cuerpo entero con orificios en lugares estratégicos. No pasó mucho para que yo le pidiera un privado y viendo a un hombre de tamaños como yo, se animara, gritara y hasta se dignara a besarme. No sé por qué lo hago y si lo escribo es porque pienso que de alguna manera me limpiaré confesándole esto a cualquiera, a un extraño que encuentre esta libreta, tirada, abandonada en la calle. La tomará y leerá las memorias de mi vida, un mujeriego empedernido. Un don nadie. Un cobarde que le miente a su esposa, y guarda su anillo en la gaveta del escritorio de la oficina, mientras decide que hacer lo que resta de la noche.
Me he enredado con siete vedettes y veinticuatro extrañas en los últimos tres meses. Hace dos semanas, con una novicia. Debo decir que eso no estaba planeado, pero era una de las amigas de mi hija que venía a despedirse para irse al convento. La convencí explicándole que debería probar a un hombre por lo menos una vez en la vida. No era tan pequeña como para que esto haya sido un delito, y no era tan inexperta juzgando su desempeño. Me divertí y creo que ella también. Me gusta probar mujeres aunque cada mujer que me prueba tiene siempre lo mismo. Hace mucho que no hago esfuerzo alguno para conocer mujeres, y eso de cierta manera me ha creado un vacío. Lleno de todas las cosas que la vida te puede dar, una casa con piscina, un auto deportivo, una carrera profesional envidiable. Todo, por eso ellas caen. Creen que soy soltero, creen también que ellas serán esa mujer que me hará ver diferente el brillo del sol, o el color del cielo y correré a pedir su mano. Creen que son esa mujer que me dará el mejor "sexo de mi vida" y que por eso correré a casarme con ellas. Creen que serán las que eventualmente disfrutarán de mis bienes materiales, y podrán comprar una esclava de oro el día que les venga en gana. No es así. Soy un pobre diablo, y hace siete años que no hago otra cosa que coger mujeres. Ahora es como si una parte de mí se hubiera apagado y solo busco conocer cuerpos. Los he encontrado de los más raros a los más bellos, pasando por los perfectamente moficados. Un poco de bisturí por aquí y por allá y es la mujer más perfecta que has visto. Al otro día he encontrado sobre mi lecho restos de extensiones de cabello, rellenos de sostén, brillos, sábanas manchadas de bronceador. Sin embargo, no he conocido una mujer que me cautive, bueno, que me deje pensando en ella pasada la acción. Regreso todas las mañanas a la oficina, la cual tiene mi escritorio, sobre el cual se encuentra la fotografía de mi esposa con mis hijos, y al verlos, abro la gaveta, saco el anillo y me lo vuelvo a poner. Después entra mi secretaria y no me puedo resistir a esa falda ceñida que no me deja ver mucho, me le acerco, le hago una insinuación. Ella sonríe. Nos metemos al cuarto de copiado y mientras ella desabotona su blusa, vuelvo a guardar el anillo en mi bolsa del pantalón. Qué pobre diablo, qué cobarde. Ya no miro a mi esposa a los ojos, e invento pretextos baratos para justificar mis faltas al hogar. Se que ella se siente sola, pero no puedo evitarlo. Soy un cobarde que desde hace siete años se comparte con mujeres, con todas, con cualquiera. Y apesar de la inagotable búsqueda de placer, jamás lo he sentido. Soy yo, un pobre diablo que no le ha hecho el amor a su esposa en siete años, porque no sabe qué hacer con la culpa que carga sobre sus hombros, porque cree que escribiendo sus reprobables actos llegará a algún lado, que recuperará algo de lo perdido, algún pedazo de la mirada triste de su esposa que él mismo rompió.
30 de diciembre de 2010
2 de diciembre de 2010
La estudiante
La maestra enseñaba con empero a los niños. El abc, y el 123, eran lecciones que todos tenían que aprender. Pancha la cucaracha, paseaba por el salón cuando la escuchó. Las letras la enamoraron, y gracias a eso aprendió a esquivar las trampas amarillas que decían "Veneno" y estaban regadas por toda la escuela, ya que los pobrecitos niños vivían azotados por plagas, cuando no eran liendres, eran grillos, o ahora, en la época de primavera, cucarachas.
Pancha se las ingenió bastante bien para asistir a clases. Comenzó a aprender sobre la historia del mundo, y se sorprendía del actuar humano. Supo dónde estaba África y también París. Conoció el Nilo y las cataratas del Niagara en imágenes. Hasta hizo una amiguita, quien le dejaba migas de pan para que pudiera desayunar. Así pasaron días, semanas, y meses.
Un día la maestra hizo una pregunta mientras enseñaba sobre ciencias naturales. Ningún niño sabía la respuesta. Pancha comenzó a brincar y a gritar diciendo: "Yo la sé maestra, ¡Yo la sé!" La pequeña cucaracha había olvidado que la profesora no entendía su lenguaje. En un acto de reflejo, la maestra aventó el borrador del pizarrón aplastando a Pancha, quien quedó hecha puré.
Pancha murió el 3 de julio de 1995, tres días antes de concluir el quinto año de primaria.
Pancha se las ingenió bastante bien para asistir a clases. Comenzó a aprender sobre la historia del mundo, y se sorprendía del actuar humano. Supo dónde estaba África y también París. Conoció el Nilo y las cataratas del Niagara en imágenes. Hasta hizo una amiguita, quien le dejaba migas de pan para que pudiera desayunar. Así pasaron días, semanas, y meses.
Un día la maestra hizo una pregunta mientras enseñaba sobre ciencias naturales. Ningún niño sabía la respuesta. Pancha comenzó a brincar y a gritar diciendo: "Yo la sé maestra, ¡Yo la sé!" La pequeña cucaracha había olvidado que la profesora no entendía su lenguaje. En un acto de reflejo, la maestra aventó el borrador del pizarrón aplastando a Pancha, quien quedó hecha puré.
Pancha murió el 3 de julio de 1995, tres días antes de concluir el quinto año de primaria.
5 de noviembre de 2010
El galardón tardío
Sintió que escribió el cuento en vano. El editor de la revista que ella leía desde que iba en sexto de primaria, la rechazó. Dijo que no tenía un estilo literario de acuerdo a lo que buscaban, y que su historia no tenía sentido. Sin embargo, todas las personas que la leían, parecían quedar satisfechos con la historia.
Ella no entendía que sucedía. La gente leía sus historias, pero cuando llegaba la hora de intentar publicarlas, no funcionaba. La respuesta de un concurso nacional de escritura, fue nula, para ella tres meses de silencio significaban que no ganó. Decidió publicar una bitácora en línea, donde recibía estupendos comentarios de sus escasos lectores. Sin embargo, ella quería más.
Al borde de la desesperación, una noche de tantas de las que pasaba en vela, llorando y sufriendo, decidió acabar con el insomnio. Fue fácil, seis pastillas y una botella entera de ron. La bella joven durmió para siempre.
Al día siguiente llegó por correo la carta que le comunicaba que era la ganadora absoluta de aquel concurso, y debido a esto, todas las revistas literarias de la región publicaron sus cuentos.
Ella no entendía que sucedía. La gente leía sus historias, pero cuando llegaba la hora de intentar publicarlas, no funcionaba. La respuesta de un concurso nacional de escritura, fue nula, para ella tres meses de silencio significaban que no ganó. Decidió publicar una bitácora en línea, donde recibía estupendos comentarios de sus escasos lectores. Sin embargo, ella quería más.
Al borde de la desesperación, una noche de tantas de las que pasaba en vela, llorando y sufriendo, decidió acabar con el insomnio. Fue fácil, seis pastillas y una botella entera de ron. La bella joven durmió para siempre.
Al día siguiente llegó por correo la carta que le comunicaba que era la ganadora absoluta de aquel concurso, y debido a esto, todas las revistas literarias de la región publicaron sus cuentos.
12 de octubre de 2010
Amor inconcluso
Desde que la conoció le impactó. Fueron dos o tres frases mientras ella entregaba un tiquete de autobús. Desde ahí no le pudo quitar los ojos de encima. Ella era poseedora de una hermosa melena castaña que le caía por debajo de los hombros. Sus ojos miel eran cautivadores y su sonrisa, cálida.
Una semana después, él no podía sacarla de su mente. No podía creer lo que le pasaba. Se estaba enamorando. Ruleiro Cuevas era un mujeriego por naturaleza, le encantaban las mujeres, y él le encantaba a las mujeres. Era por eso que no se podía permitir enamorarse de una. Mucho menos, ser pareja de una. Simplemente no estaba en su mapa, ni en sus planes, y mucho menos en su naturaleza de conquistador.
Cada noche pensaba en lo que podía hacer. Se daba ideas. Anotaba en su libreta. Permanecía despierto a causa de ella. Al día siguiente, la vio llegar y no podía creer lo que veía, ya que ella, la mujer del momento para él, era ya la prometida de otro hombre. Ese otro hombre no representaba una competencia para él, por lo que pasó aún más noches en vela pensando el por qué de su compromiso. "Tal vez ella está de encargo", se decía, pero era difícil que ese cuerpo tan delineado y esbelto, se estuviera preparando para la maternidad. Simplemente, Ruleiro, estaba confundido... y enamorado, hay que agregar.
Ella le sonreía, tenía una actitud amable y alegre con él. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando, pero Ruleiro no pensó que ella, también guardaba algunos sentimientos por él. El tiempo tuvo que pasar hasta la fiesta de fin de año de la compañía de autobuses. Se sentaron juntos. Fue la primera vez que pudieron platicar, la primera vez que sus piernas se tocaron, y la primera vez que terminaron juntos en una cama. Ella no lo podía creer, Ruleiro tampoco. Estaban felices, salieron como si fueran pareja, y el día tuvo que terminar. Se despidieron con un suave beso, se dieron los buenos deseos y un abrazo.
Cuando regresaron a trabajar pasadas las fiestas, Ruleiro supo que ella no había cancelado su compromiso con aquel hombre. Dejó de hablarle. Ella no entendía que sucedía, pero trataba de entender, de hablar con él, de decirle que estaba dispuesta a dejar todo por él. Ruleiro se apartó. Ella lloró exactamente dieciocho horas, cuarenta y tres minutos, y diez segundos por él. Después se dijo que jamás pondría sus ojos en un Don Juan como él, y decidió seguir adelante con sus planes de boda.
Ella se casó el 4 de marzo de 1974. Todavía trabaja en la compañía de autobuses. Ruleiro aún la quiere, y la mira de lejos cuando ella no se da cuenta.
Una semana después, él no podía sacarla de su mente. No podía creer lo que le pasaba. Se estaba enamorando. Ruleiro Cuevas era un mujeriego por naturaleza, le encantaban las mujeres, y él le encantaba a las mujeres. Era por eso que no se podía permitir enamorarse de una. Mucho menos, ser pareja de una. Simplemente no estaba en su mapa, ni en sus planes, y mucho menos en su naturaleza de conquistador.
Cada noche pensaba en lo que podía hacer. Se daba ideas. Anotaba en su libreta. Permanecía despierto a causa de ella. Al día siguiente, la vio llegar y no podía creer lo que veía, ya que ella, la mujer del momento para él, era ya la prometida de otro hombre. Ese otro hombre no representaba una competencia para él, por lo que pasó aún más noches en vela pensando el por qué de su compromiso. "Tal vez ella está de encargo", se decía, pero era difícil que ese cuerpo tan delineado y esbelto, se estuviera preparando para la maternidad. Simplemente, Ruleiro, estaba confundido... y enamorado, hay que agregar.
Ella le sonreía, tenía una actitud amable y alegre con él. Sus miradas se cruzaban de vez en cuando, pero Ruleiro no pensó que ella, también guardaba algunos sentimientos por él. El tiempo tuvo que pasar hasta la fiesta de fin de año de la compañía de autobuses. Se sentaron juntos. Fue la primera vez que pudieron platicar, la primera vez que sus piernas se tocaron, y la primera vez que terminaron juntos en una cama. Ella no lo podía creer, Ruleiro tampoco. Estaban felices, salieron como si fueran pareja, y el día tuvo que terminar. Se despidieron con un suave beso, se dieron los buenos deseos y un abrazo.
Cuando regresaron a trabajar pasadas las fiestas, Ruleiro supo que ella no había cancelado su compromiso con aquel hombre. Dejó de hablarle. Ella no entendía que sucedía, pero trataba de entender, de hablar con él, de decirle que estaba dispuesta a dejar todo por él. Ruleiro se apartó. Ella lloró exactamente dieciocho horas, cuarenta y tres minutos, y diez segundos por él. Después se dijo que jamás pondría sus ojos en un Don Juan como él, y decidió seguir adelante con sus planes de boda.
Ella se casó el 4 de marzo de 1974. Todavía trabaja en la compañía de autobuses. Ruleiro aún la quiere, y la mira de lejos cuando ella no se da cuenta.
3 de octubre de 2010
Ella
Ella se reía incontrolablemente de mí. Era bella, no he de negarlo, pero su risa me incomodaba. Mientras bajaba las escaleras que conducían a la biblioteca, la encontré de nuevo. Estaba dentro del espejo y después de intercambiar miradas, la risa comenzó; esta vez hasta llegar al llanto, a tirarse al piso, a jalarse el pelo, a gritar. No entendía que le podía causar tanta gracia en mi persona, incluso, no me parecía una risa graciosa, de esas que parecen que se ríen con uno. No, ella, se reía de mí.
Pasaron algunos días, y la volví a encontrar en el portal de aquella suntuosa biblioteca. Ella con un vestido caro y elegante, con tacones altos y peinado de salón. En el momento que me vió dijo que mi rostro reflejaba la torpeza del mundo y explotó en risas hasta que se tiró al piso, ensució el vestido, se deshizo el peinado de salón. Yo la observaba. Se levantó con gracia y entre risas me dijo que nunca llegaría a ninguna parte así.
Al regresar a casa, la volví a encontrar dentro del espejo. No pude evitar mirar esa sonrisa, que esta a punto de explotar en carcajada, en burla. Mientras le ponía una manta encima al espejo, su risotada se escuchó en toda la casa. Corrí y me envolví en una frazada, para no escucharla, para no verla, porque la odiaba. Me levanté del sillón, me apresuré hacia el ático y tomé un martillo para romper el espejo, pero ella escapó al siguiente espejo que encontró dentro de la casa. La perseguí, martillo en mano, y no sé si lo que quería era romper todos los espejos o matarla por fin. Sus carcajadas llenaban la casa, y solo me recordaba mis fracasos, mis errores, y lo que nunca había podido hacer. Después de romper todos los espejos en la casa, me detuve a llorar. Mis lágrimas y mi sollozo llenaban el lugar, cuando de pronto escuché una risita malintencionada, venía del recibidor.
Recordé aquel espejo pequeñito que mi abuela me había traído de Europa, y me acerqué. Esta vez con toda la determinación para matarla de un buen martillazo en el espejo, ya que sus burlas habían ido al límite.
Me detuve al ver la horrorizante escena frente a mí en el espejo:
Ella era yo.
Pasaron algunos días, y la volví a encontrar en el portal de aquella suntuosa biblioteca. Ella con un vestido caro y elegante, con tacones altos y peinado de salón. En el momento que me vió dijo que mi rostro reflejaba la torpeza del mundo y explotó en risas hasta que se tiró al piso, ensució el vestido, se deshizo el peinado de salón. Yo la observaba. Se levantó con gracia y entre risas me dijo que nunca llegaría a ninguna parte así.
Al regresar a casa, la volví a encontrar dentro del espejo. No pude evitar mirar esa sonrisa, que esta a punto de explotar en carcajada, en burla. Mientras le ponía una manta encima al espejo, su risotada se escuchó en toda la casa. Corrí y me envolví en una frazada, para no escucharla, para no verla, porque la odiaba. Me levanté del sillón, me apresuré hacia el ático y tomé un martillo para romper el espejo, pero ella escapó al siguiente espejo que encontró dentro de la casa. La perseguí, martillo en mano, y no sé si lo que quería era romper todos los espejos o matarla por fin. Sus carcajadas llenaban la casa, y solo me recordaba mis fracasos, mis errores, y lo que nunca había podido hacer. Después de romper todos los espejos en la casa, me detuve a llorar. Mis lágrimas y mi sollozo llenaban el lugar, cuando de pronto escuché una risita malintencionada, venía del recibidor.
Recordé aquel espejo pequeñito que mi abuela me había traído de Europa, y me acerqué. Esta vez con toda la determinación para matarla de un buen martillazo en el espejo, ya que sus burlas habían ido al límite.
Me detuve al ver la horrorizante escena frente a mí en el espejo:
Ella era yo.
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