5 de septiembre de 2010

La boda mortal

Desde que Juan Romero comenzó a salir con Juliana Jarabo, la hija del hombre más rico del pueblo, la gente comenzó a hablar. No sólo se preguntaban por qué Juliana podría prestarle atención a un hombre tan despreciable y feo, sino se preguntaban si había una pizca de amor propio en ella por hacer tan mala elección.

Juliana no tenía un rostro bello, pero tenía una mirada amable, un cuerpo deseable, y un cabello café profundo y brillante que cautivaba. Tenía un gran complejo inculcado por su madre la cual le llamaba prieta desde que era niña, y cuando creció Juliana siempre sintió que por su apariencia física no podría conseguir que un hombre se fijara en ella. Fue ahí cuando Juan hizo su jugada clave ya que pensó que al casarse con la hija del hombre más rico del pueblo aseguraría no sólo un buen trabajo, sino su futuro.

Juan era un hombre sin principios. Un gañán como dirían las malas lenguas del pueblo. Se sabía que había asesinado a un hombre hace unas decádas, y el caso fue cerrado por falta de pruebas. Se sabía que le había robado al que fuera el hombre más rico del pueblo en el año de 1984, Don Alberto Rodarte, un español que había venido a México después de su retiro y que murió en un incendio que él mismo originó al quedarse dormido con un cigarro en la mano. Se sabía también que Juan Romero era un mujeriego y que ninguna mujer lo había convencido de llevarla al altar.

Poco sabía Juan con que lo enfrentaría el futuro, ya que al convertirse en el enamorado de Juliana descubrió a la mujer más obsesiva e insegura que hubiera conocido jamás. Juliana se ponía celosa de cualquier mujer que se le acercara a Juan incluídas las de su familia. Juan pensaba que con el tiempo los miedos de Juliana se disiparían hasta que todo fuera paz y tranquilidad. Lo cierto es que con el tiempo Juliana era cada vez más insegura y no sólo se comparaba con otras mujeres, intentaba cambiarse a sí misma para no verse tan prieta, y gustarle más a Juan.

Los planes de boda fueron un infierno. Juliana lloraba porque el color blanco sólo hacía que su piel oscura resaltara más. Juan sugirió cambiar el color del vestido, pero eso sólo pondría más en duda el honor de ella. Después de meses de buscar vestidos, elegir flores, y probar pasteles, llegó el tan esperado día.

Juliana y Juan pelearon desde el amanecer. Ella argumentaba que no sólo se veía prieta con el vestido, sino que se veía gorda. Juan le gritó que estaba harto de ella y le dijo que la vería hasta la hora de la ceremonia. Juliana se veía como un ángel, su piel oscura brillaba como nunca, y las orquídeas de su ramo daban un toque de ternura. Mientras Juliana caminaba al altar, Juan no la miró. Repitió los votos matrimoniales vanamente, inclusó titubeó. Las lágrimas escapaban de los ojos de ella, pero no eran de felicidad, eran porque ella sabía que lo más probable, era que Juan se arrepintiera de último minuto.

No fue así. Juan y Juliana se casaron ante Dios y los hombres. En la fiesta, Juan ignoraba a Juliana aunque la tenía a un lado. Ni siquiera la miraba, estaba harto y pensaba que podría hacer en un futuro cercano para librarse de ella. Juan decidió que lo mejor sería disfrutar de la velada, y después de una botella y media de tequila, llegó la hora de partir el pastel.

Todos los invitados se reunieron para ver a los novios cortar el pastel. Juliana tomó un poco de merengue en sus dedos y lo embarró en la nariz de Juan. Él rió, y tomó otro poco y lo embadurnó en la mejilla de ella. Ella se acercó para besarlo cuando Juan tomó un pedazo entero del pastel y lo aplastó en el rostro de Juliana. Se le hizo fácil seguir el mismo juego cuando tomó otro trozo y lo embarró de nuevo. Juliana se estaba ahogando, y hacía señales, pero nadie hizo nada. Todo el pueblo miraba con horror a Juan, ya que entre gritos y golpes, Juliana expiró.

Con el rostro lleno de pastel de bodas, Juliana fue llevada a la capilla a recibir los santos óleos, aunque ya era demasiado tarde. Fue limpiada y enterrada esa misma noche con su vestido de boda y hasta hoy se cuenta la leyenda de una novia que pasea por las calles del pueblo en las madrugadas llorando por un mal de amor.

Juan por su parte, fue llevado a la capital, donde fue sentenciado a una condena de cadena perpetua, pero finalmente, fue asesinado en la cárcel después de que se supiera el acto tan monstruoso que cometió. Todo esto se habla aún en el pueblo, aunque estos hechos ocurrieron hace más de diez años.

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